Hay dos tipos de personas en este mundo: las que creen que una presentación necesita 58 diapositivas llenas de texto y las que tienen alma.
Si estás en el primer grupo, no te preocupes. Este post es para ti.
Y si estás en el segundo… quédate, que igual puedes reenviar esto a tu jefe. 🫣
- Demasiado texto. Demasiado todo.
No hace falta que conviertas cada slide en una enciclopedia. Una buena presentación no debe contarlo todo, debe sostener y amplificar lo que tú estás diciendo.
Recuerda: la audiencia debe mirarte a ti, no leer como si estuviera estudiando para un examen.
- Diseño digno de 2004
El fondo azul eléctrico, el WordArt amarillo y las transiciones tipo cubo giratorio, pasaron de moda hace 20 años. No es nostalgia, es un atentado visual.
Usa tipografías limpias, imágenes de calidad y no mezcles más de dos colores principales.
- No adaptas tu presentación al público
Hablar igual a una clase de instituto, a un comité técnico y a tu madre es el camino rápido al bostezo colectivo.
Antes de abrir PowerPoint, piensa: ¿Quién te escucha? ¿Qué espera? ¿Qué le interesa?
La buena comunicación empieza mucho antes del primer slide.
- Abusas de datos sin contexto
Un gráfico puede ser tu amigo o tu peor enemigo. Si lo lanzas sin explicar el porqué ni el para qué, solo consigues una audiencia perdida y deseando que aparezca la siguiente slide.
Cada dato debe tener su historia. Si no aporta, estorba.
- Le hablas al PowerPoint (en vez de al público)
Si das la espalda al público para leer lo que aparece en pantalla, tu presentación ha muerto.
Estás ahí para conectar, convencer o emocionar. Y eso no lo hace una diapositiva por ti.
Una buena presentación es como una buena serie: engancha desde el principio, no aburre con relleno y deja con ganas de más.
Recuerda: si tu PowerPoint tiene más palabras que un podcast de Iker Jiménez, igual es hora de darle una vuelta.